Temperatura y sensación térmica.

Recientemente, Mundo Obrero informaba de una reunión de cuadros del PCE en la que la dirección trasladó la necesidad de transitar desde una orientación de “asalto”, vigente hasta ese momento, a otra de “asedio”. Se pasaba así de la inminencia de la “batalla final” contra los adversarios –sin duda, el régimen del 78 y sus servidores– a oficializar que la cosa –el fin de ese régimen– se iba a prolongar en el tiempo. Era una forma de empezar a digerir los resultados electorales de junio y el mapa político resultante, una forma de seguir retrasando el análisis honesto de una realidad que se obstina en desmentir la estrategia seguida en los últimos años.

Resulta curiosa la generalización entre los dirigentes de la “nueva política” del uso de terminología militar para referirse al momento político. Así, parte de la dirección del PCE remeda –también en esto– a Pablo Iglesias o Íñigo Errejón cuando hablan del paso de una “guerra relámpago” a una “de posiciones” para caracterizar la nueva etapa de Podemos. Por seguir el juego, señalaríamos a la dirección del PCE las muchas ocasiones –recogidas por la historia militar– en que un asedio ha finalizado con el cerco de los sitiadores. Pero la terminología militar, para su tranquilidad, sigue ofreciendo “salidas” en esa situación apurada: podrán comunicar a los cuadros comunistas la necesidad de una “retirada estratégica”. Esperemos que todo esto no acabe en simple desbandada. Indicios de ello hay.

Pero lo sustancial es cómo se ha podido mantener que se podía asaltar el poder y forzar una ruptura sin definir en qué consistía más allá de los objetivos que se pretenden, sin movilización social desde hace años y sin organización digna de tal nombre; cómo se ha podido presentar como real un proceso constituyente que nadie ve en el horizonte ni reúne el acuerdo social mayoritario imprescindible para su logro; y cómo todo esto ha podido ser así durante años e incluso aún hoy (ver informe al Comité Federal en MO de este mes de noviembre).

Hablar ahora, como vienen haciendo, de vuelta a la calle, de movilización social y de conflicto es el reconocimiento del fracaso de la línea seguida hasta aquí, de que nada de esto se hizo porque todo se fió al impulso electoral. Al impulso electoral de otros, para más señas.

Esa política voluntarista –que habla de Pepe Díaz pero tiene su mejor precedente en el “abajo la república burguesa, vivan los soviets” con que Bullejos recibió la II República– sólo se puede explicar por el mismo fenómeno por el que confundimos temperatura real, dato medible y objetivo, con sensación térmica, que es la reacción de un individuo concreto al estímulo de la temperatura, un elemento subjetivo.

Todo un sector de la izquierda de este país ha recorrido los últimos años bajo una sensación térmica que sólo ella sentía. Sin atender a la auténtica temperatura de la sociedad. Nunca estuvieron los intereses dominantes –y el orden que los garantiza– seriamente amenazados, pero la virulencia de la crisis del capitalismo y su versión española favorecieron un clima de deslegitimación que agrietaba el consenso social que necesita toda hegemonía. Algunos vieron entonces el “fin del régimen”.

Tras el ciclo electoral que parece finalizado, resulta evidente que el “momento político” ha cambiado. De un cuestionamiento social de los intereses y valores de la derecha política y los sectores inmunes a la crisis, hemos pasado a la consolidación de su hegemonía. Y la ausencia de alternativa creíble ha impulsado esa reconstrucción. Las operaciones mediáticas y políticas que hemos visto –y estamos viendo– para dificultar esa alternativa –sólo posible a partir de los materiales políticos y organizativos existentes– adquieren así sentido más allá del reality show al que pretenden habituarnos. La incapacidad y el oportunismo de los afectados favorecen el éxito de la operación. El deterioro inducido de IU ha jugado un papel en todo esto.

La recomposición en marcha de la izquierda –reequilibrio electoral y debates existenciales en todos sus componentes– puede desembocar en una crisis sin salida del PSOE y en un proceso –la confluencia de IU y Podemos– que solamente sirva para resolver equilibrios internos y aclarar los liderazgos orgánicos. De nuevo, entonces, se priorizará la “sensación” de los aparatos y dirigentes sobre las tareas útiles –políticas y organizativas– para la mayoría social. La preponderancia institucional y política de la derecha estará así garantizada para mucho tiempo.

¿Qué hacer en esta nueva fase política? Primero, desde luego, reconocer lo que tiene de novedoso. Si a los datos de la realidad española que hemos caracterizado añadimos los de la escena internacional, si al imposible “brexit” sumamos la elección de Trump, vemos cómo la cortina de incertidumbre va dejando a la vista un paisaje necesitado de nuevas coordenadas para orientarse. Las próximas elecciones francesas pueden significar un salto en el proceso de deconstrucción europea y un cambio de calado en la agenda política continental, y no precisamente en una orientación de progreso. Nada de todo esto estaba en nuestros debates sino como lejana posibilidad. Ahora son esas las tendencias de fondo.

La hoja de ruta que IU aprobó en su XI Asamblea Federal se ha demostrado hueca, caduca y carente de fundamento a los pocos meses de su aprobación. Seguir ensimismados en ella, como parece estar la dirección de IU, es mantener a la militancia y cuadros de IU en un debate falseado de inicio: la cuestión no es si la confluencia alumbra un “nuevo sujeto” sino si los trabajadores sienten que ese “nuevo sujeto” sirve para algo más que la supervivencia política de las elites de IU, Podemos o Equo; si con ello se va a resolver algo que hasta ahora no se ha resuelto –la hegemonía de la derecha– o si sólo es otro atajo a ninguna parte como fue la UP, fallecida y sin sepultar oficialmente; si va a sumar reconociendo pluralidades o sólo es la cobertura para un nuevo empobrecimiento de la izquierda sobre el que asentar liderazgos personalistas.

Esta nueva fase de la política en España no está sino apenas esbozada, y la izquierda que IU debe ser necesita precisar análisis, propuesta y discurso con los que garantizar los intereses, la organización independiente y la representación política de los trabajadores. Sólo así se superará la dicotomía en que parecemos atascados –mantenimiento/liquidación– y se enriquecerán desde la identidad propia los procesos de suma que nadie cuestiona. Para ello, cuanto antes se acepten las limitaciones de la actual orientación federal mejor. Antes de que el “sálvese quien puede” sea algo más que otro término a utilizar en reuniones de desorientados cuadros.