Federalismo e izquierda en Cataluña

Desde la izquierda transformadora teníamos pendiente un debate serio sobre el federalismo y el anclaje de Cataluña dentro de esa España federal. Un federalismo donde lo que prime sea la solidaridad de la clase trabajadora frente a las lealtades identitarias.

Desde Izquierda Unida se ha apostado por una organización para España de carácter federal, pero nos hemos quedado solo en el título y no le hemos dado suficiente contenido. Con este acto público, Reconstrucción IU Madrid quisimos contribuir a la discusión y al análisis en este proceso tras el espectáculo de un Parlament abocado a la política ficción.

Os dejamos con los dos vídeos del acto:

También podéis leer las conclusiones que Ferrán Gellego publicó en Rebelión.

Una semana para la reflexión

Esta primera semana de abril ha comprimido aniversarios motivadores de reflexión (40 de la legalización del PCE) o balance (un año de la constitución de IU Madrid) con momentos de importancia como el congreso de las CCOO madrileñas. Cosas significativas para las gentes de la izquierda.

Todo, eso sí, enmarcado en una etapa caracterizada por la recomposición, no sin resistencia, de la hegemonía política de la derecha neoliberal. El acuerdo parlamentario sobre los Presupuestos del Rajoy es una buena muestra de ello tanto por el arco de fuerzas implicadas (PP, Ciudadanos y nacionalistas vascos y canarios) como por la incapacidad de la izquierda para oponer un frente común en las instituciones activador de la respuesta social. Se va así imponiendo una “normalidad” que poco tiene ya que ver con la etapa de la “ilusión por el cambio” y “fin del régimen”.

Recuperar la iniciativa no será fácil ni inmediato pero existen razones -una realidad social más consciente de su propia precariedad- y bases materiales para lograrlo -una izquierda con la presencia institucional más numerosa en mucho tiempo, empotrada en un sistema sin un consenso social suficientemente asentado tras la crisis- si esas izquierdas superan su actual momento de recomposición (temperatura y sensación térmica) y abandonan su ensimismamiento para priorizar los intereses de la mayoría trabajadora por encima de los de sus dirigentes y aparatos.

No encontramos demasiados motivos para el optimismo: la constitución del “nuevo sujeto” en Cataluña ha estado más protagonizada por los quiénes que por los contenidos. El dilema del PSOE se prolongará hasta su congreso de junio, si bien el resultado de sus primarias ya evidenció una orientación hacia un PSOE instalado en recuperar su papel de “izquierda oficial” u otro más dispuesto a ser parte de una alternativa necesariamente plural.

El aniversario 40 de la legalización del PCE ha tenido un cierto aire de carnaval adelantado. Medios y comentaristas de la derecha celebrando aquello para echar en falta hoy, en los herederos, la sensatez de aquel partido y, de paso, atribuir el mérito de su legalización a Suárez y al Rey, apuntalando así una lectura de la transición que niega el protagonismo de la izquierda clandestina y la movilización de buena parte de la población. Enfrente, pero para nada opuestos, aquellos dirigentes del actual PCE empeñados en encontrar el hilo que les conduzca allí donde realmente quieren estar -Podemos-, saltándose el sentido y la historia de aquel momento para hacer contorsionismo político, intentado acaparar los réditos sin contaminarse de “carrillismo”. Regresando al pasado con su DeLorean para ponerlo en coherencia con sus ambiciones de hoy.

Aquel partido, de influencia de masas y organización capilar, de rigor político, de errores grandes pero aportación incuestionable, no podemos encontrarlo reflejado en un PCM cuya intervención en el reciente congreso de CCOO de Madrid ha estado despojada de principio alguno, solo a la búsqueda de poder instalar a su responsable (ni siquiera delegado sindical en su empresa) en la ejecutiva sindical. De tener a co.bas como ejemplo de sindicalismo y no perder ocasión para descalificar como “parte del régimen” al sindicalismo de clase, especialmente CCOO, a intentar imponer su acuerdo cupular (nunca mejor dicho dada la implicación de su secretario general) a los delegados congresuales miembros del Partido resolución mediante (aprobada 12 horas antes de la apertura del congreso).

Los fracasos políticos de la actual dirección del PCM, desde la fenecida Unidad Popular hasta el espacio “desde la base” con que intentaron inicialmente intervenir en el proceso de CCOO; su resistencia a reconocer el fiasco de la mayoría de las CUPs o su gestión autoritaria en el interno del partido, no pueden dejar de ser negativamente valorados en un año en el que también el PCM deberá celebrar su congreso.

Quienes en abril de 2016 nos presentamos en la asamblea de constitución de IU Madrid sin haber compartido en ningún modo el proceso abierto tras la desfederación de IUCM en junio de un año antes, iniciábamos entonces un difícil recorrido para la reconstrucción de Izquierda Unida en la comunidad de Madrid. Nada facilitaba nuestra participación.

Tampoco, con la perspectiva que da el año trascurrido, nosotros mismos dimensionábamos correctamente la dificultad de lo que nos proponíamos. Nuestro principal error era no terminar de ser coherentes con el análisis, que sí hacíamos, del nuevo marco interno de IU ni de los cambios que se habían producido en la izquierda. Desde las europeas a entonces no habían cambiado las reglas del juego sino que el juego ya no parecía el mismo.

Un año después, el proceso que iniciamos entonces avanza (mayor presencia en asambleas de base, incorporación de compañeros, protagonismo en el debate interno en los órganos y en la conferencia de estatutos o acuerdo para la actual ejecutiva regional) sin superar nítidamente el principal obstáculo que desde el principio encontramos: el cansancio y escepticismo de tantos tras años de fractura interna y confrontación y la dificultad de la orientación política en esta fase de recomposición de la izquierda. Es tiempo de incertidumbre y, por ello, de apego a lo conocido aunque se sepa que por ahí no hay salida.

En dos años se celebrarán elecciones locales y autonómicas. Para entonces resulta necesario (no para nosotros sino para que la izquierda no PSOE o Podemos tenga realidad en Madrid) que hayamos logrado superar esa inercia y alcanzado la reincorporación de tantos compañeros y asambleas que todavía no lo han hecho y que, de no hacerlo, se despertarán formando parte de operaciones electorales localistas para nada emparentadas con la unidad de la izquierda transformadora que se reclama.

La ceguera política de la mayoría de la dirección de IU Madrid contribuye a ello mediante la ausencia de empatía con todo lo que no son los restos de aquel 49% y su probada incapacidad para resituarse en una realidad que viene negando sus premisas políticas. Ni la confluencia será como han dicho en sus documentos e informes, ni a la cita electoral llegará apenas alguna CUP entera, ni el “tiempo de la ilusión” se prolongará para ellos.

Como desde el principio hace un año, avanzaremos si conectamos con tantos cuadros y afiliados que van entendiendo que la cuestión de fondo no es menos confluencia sino más y mejor IU.

Temperatura y sensación térmica

Recientemente, Mundo Obrero informaba de una reunión de cuadros del PCE en la que la dirección trasladó la necesidad de transitar desde una orientación de “asalto”, vigente hasta ese momento, a otra de “asedio”. Se pasaba así de la inminencia de la “batalla final” contra los adversarios –sin duda, el régimen del 78 y sus servidores– a oficializar que la cosa –el fin de ese régimen– se iba a prolongar en el tiempo. Era una forma de empezar a digerir los resultados electorales de junio y el mapa político resultante, una forma de seguir retrasando el análisis honesto de una realidad que se obstina en desmentir la estrategia seguida en los últimos años.

Resulta curiosa la generalización entre los dirigentes de la “nueva política” del uso de terminología militar para referirse al momento político. Así, parte de la dirección del PCE remeda –también en esto– a Pablo Iglesias o Íñigo Errejón cuando hablan del paso de una “guerra relámpago” a una “de posiciones” para caracterizar la nueva etapa de Podemos. Por seguir el juego, señalaríamos a la dirección del PCE las muchas ocasiones –recogidas por la historia militar– en que un asedio ha finalizado con el cerco de los sitiadores. Pero la terminología militar, para su tranquilidad, sigue ofreciendo “salidas” en esa situación apurada: podrán comunicar a los cuadros comunistas la necesidad de una “retirada estratégica”. Esperemos que todo esto no acabe en simple desbandada. Indicios de ello hay.

Pero lo sustancial es cómo se ha podido mantener que se podía asaltar el poder y forzar una ruptura sin definir en qué consistía más allá de los objetivos que se pretenden, sin movilización social desde hace años y sin organización digna de tal nombre; cómo se ha podido presentar como real un proceso constituyente que nadie ve en el horizonte ni reúne el acuerdo social mayoritario imprescindible para su logro; y cómo todo esto ha podido ser así durante años e incluso aún hoy (ver informe al Comité Federal en MO de este mes de noviembre).

Hablar ahora, como vienen haciendo, de vuelta a la calle, de movilización social y de conflicto es el reconocimiento del fracaso de la línea seguida hasta aquí, de que nada de esto se hizo porque todo se fió al impulso electoral. Al impulso electoral de otros, para más señas.

Esa política voluntarista –que habla de Pepe Díaz pero tiene su mejor precedente en el “abajo la república burguesa, vivan los soviets” con que Bullejos recibió la II República– sólo se puede explicar por el mismo fenómeno por el que confundimos temperatura real, dato medible y objetivo, con sensación térmica, que es la reacción de un individuo concreto al estímulo de la temperatura, un elemento subjetivo.

Todo un sector de la izquierda de este país ha recorrido los últimos años bajo una sensación térmica que sólo ella sentía. Sin atender a la auténtica temperatura de la sociedad. Nunca estuvieron los intereses dominantes –y el orden que los garantiza– seriamente amenazados, pero la virulencia de la crisis del capitalismo y su versión española favorecieron un clima de deslegitimación que agrietaba el consenso social que necesita toda hegemonía. Algunos vieron entonces el “fin del régimen”.

Tras el ciclo electoral que parece finalizado, resulta evidente que el “momento político” ha cambiado. De un cuestionamiento social de los intereses y valores de la derecha política y los sectores inmunes a la crisis, hemos pasado a la consolidación de su hegemonía. Y la ausencia de alternativa creíble ha impulsado esa reconstrucción. Las operaciones mediáticas y políticas que hemos visto –y estamos viendo– para dificultar esa alternativa –sólo posible a partir de los materiales políticos y organizativos existentes– adquieren así sentido más allá del reality show al que pretenden habituarnos. La incapacidad y el oportunismo de los afectados favorecen el éxito de la operación. El deterioro inducido de IU ha jugado un papel en todo esto.

La recomposición en marcha de la izquierda –reequilibrio electoral y debates existenciales en todos sus componentes– puede desembocar en una crisis sin salida del PSOE y en un proceso –la confluencia de IU y Podemos– que solamente sirva para resolver equilibrios internos y aclarar los liderazgos orgánicos. De nuevo, entonces, se priorizará la “sensación” de los aparatos y dirigentes sobre las tareas útiles –políticas y organizativas– para la mayoría social. La preponderancia institucional y política de la derecha estará así garantizada para mucho tiempo.

¿Qué hacer en esta nueva fase política? Primero, desde luego, reconocer lo que tiene de novedoso. Si a los datos de la realidad española que hemos caracterizado añadimos los de la escena internacional, si al imposible “brexit” sumamos la elección de Trump, vemos cómo la cortina de incertidumbre va dejando a la vista un paisaje necesitado de nuevas coordenadas para orientarse. Las próximas elecciones francesas pueden significar un salto en el proceso de deconstrucción europea y un cambio de calado en la agenda política continental, y no precisamente en una orientación de progreso. Nada de todo esto estaba en nuestros debates sino como lejana posibilidad. Ahora son esas las tendencias de fondo.

La hoja de ruta que IU aprobó en su XI Asamblea Federal se ha demostrado hueca, caduca y carente de fundamento a los pocos meses de su aprobación. Seguir ensimismados en ella, como parece estar la dirección de IU, es mantener a la militancia y cuadros de IU en un debate falseado de inicio: la cuestión no es si la confluencia alumbra un “nuevo sujeto” sino si los trabajadores sienten que ese “nuevo sujeto” sirve para algo más que la supervivencia política de las elites de IU, Podemos o Equo; si con ello se va a resolver algo que hasta ahora no se ha resuelto –la hegemonía de la derecha– o si sólo es otro atajo a ninguna parte como fue la UP, fallecida y sin sepultar oficialmente; si va a sumar reconociendo pluralidades o sólo es la cobertura para un nuevo empobrecimiento de la izquierda sobre el que asentar liderazgos personalistas.

Esta nueva fase de la política en España no está sino apenas esbozada, y la izquierda que IU debe ser necesita precisar análisis, propuesta y discurso con los que garantizar los intereses, la organización independiente y la representación política de los trabajadores. Sólo así se superará la dicotomía en que parecemos atascados –mantenimiento/liquidación– y se enriquecerán desde la identidad propia los procesos de suma que nadie cuestiona. Para ello, cuanto antes se acepten las limitaciones de la actual orientación federal mejor. Antes de que el “sálvese quien puede” sea algo más que otro término a utilizar en reuniones de desorientados cuadros.

Primera jornada de debate

Hemos debatido este día sobre dos aspectos de interés evidente para nuestra acción política: lo local y las posibilidades de la gestión de la izquierda tras las pasadas elecciones que desplazaron al PP e iniciaron una experiencia municipal nueva en tantas localidades de nuestra región. La realidad hoy de las propuestas de rescate -remunicipalización-  de servicios privatizados que prometieron programas entonces presentados.

Y, como no podía ser de otra manera, un segundo debate sobre la actual fase y las políticas de Izquierda Unida.

Para ambos debates hemos contado con unos ponentes que resumen bien los objetivos de este encuentro: conocimiento de los temas a debate y la voluntad de aportar a la construcción de un espacio federal con discurso y propuestas propias en el seno de IU.

La participación de compañeros de Castilla-La Mancha, Andalucía, Cataluña y País Valenciano se explica desde esa meta compartida.

La dificultad en el desarrollo de propuestas de fondo en un marco regulatorio diseñado para obstaculizar  la puesta de las instituciones locales al servicio de las mayorías sociales y las estrategias posibles para superar esa realidad y la caracterización de la recomposición estratégica de la izquierda, en su forma, sujetos y contenidos, enmascarada tras los debates de unos y las crisis de otros, junto con la crítica razonada a la orientación en IU y la persistencia de la dirección en una retórica que la realidad viene desmontando, serian un rápido resumen de las conclusiones de un encuentro que tendrá continuidad.

Para que podáis sacar vuestras propias conclusiones os ofrecemos editado el audio con las aportaciones y ponencias del primer debate, seguros de su interés para enriquecer nuestro discurso sobre lo local.

La incertidumbre como paradigma

Avanzamos de manera inevitable hacia un modelo social distinto al que tenemos. Esto lo hemos intuido desde el principio de la crisis en las organizaciones de izquierdas, y enseguida concluimos de manera acertada que los cambios introducidos con la excusa de la crisis tenían vocación de permanencia. Acertamos al considerar que el objetivo del neoliberalismo era aprovechar el desconcierto que provoca la incertidumbre para acelerar su hoja de ruta. Nada era coyuntural. Si ganaban la batalla el mundo sería otro.

Pero si bien todo lo anterior es cierto (y se ha escrito mucho sobre ello), hoy conviene que acertemos en otro análisis fundamental para el futuro: si otras crisis se han caracterizado por ser periodos de transición entre dos “certezas”, en el caso actual parecería que la incertidumbre fuera otro de esos elementos que han venido para quedarse, y no sólo por el elevado grado de precariedad que la gestión neoliberal de la crisis ha introducido en todos los órdenes de la política. Incluso ganando la pelea veremos un mundo en el que el cambio va a ser continuo como consecuencia del avance ya no lineal sino exponencial de la tecnología, de los retos de la digitalización de la economía o del cambio climático, por ejemplo. Lo variable va a ser una constante del nuevo modelo social, y eso modifica radicalmente el contenido del debate político y el mismo significado de la tan manoseada palabra “cambio”.

Porque si la incertidumbre es consecuencia del paréntesis de la crisis, a la izquierda le basta con oponer a las certezas del enemigo las certezas propias, y tratar de que la salida de este periodo transitorio incluya la mayor cantidad posible de las mismas (preferiblemente todas). Bajo esta tesis podría llegar a tener sentido la proclama a la ventana de oportunidad de la nueva socialdemocracia. Se trataría de una guerra total que configurará un tiempo nuevo que, como los anteriores, tendrá su vigencia hasta la siguiente crisis del capitalismo. Pero, ¿y si este periodo de incertidumbre es ya el nuevo modelo? ¿Y si no hay ventana porque no estamos en una transición entre certezas? En este caso no se trataría tanto de oponer a unas certezas viejas (la vieja política) unas nuevas (nueva política), sino de capacitarse para lidiar políticamente con la incertidumbre, lo que redefine radicalmente el sentido del concepto “cambio” y las estrategias para alcanzarlo.

No obstante, conviene matizar o advertir sobre algunos riesgos. El hecho de asumir que conviviremos con un grado mayor de incertidumbre que en otros periodos “entre crisis” no supone necesariamente tener que moverse en la ambigüedad. Cuando hablamos de certezas nos referimos a modelos sociales intelectualmente aprehensibles, o al menos, definibles a partir de sus mismos elementos esenciales durante todo su periodo de vigencia. Pensamos que esto no va a pasar en adelante, que no estamos transitando hacia otro modelo definible con una serie de elementos “fijos”, y que por lo tanto, la construcción de una alternativa tendrá que tener esto en cuenta.

En este nuevo paradigma basado en la incertidumbre (política, laboral, social y personal), no será tan importante acertar en un caso dado como tener capacidad para adaptarse, levantarse tras la caída y seguir. Por eso es momento de deshacerse de toda esa retórica del cambio que ha servido para apuntalar posiciones de trinchera. Necesitaremos espacios plurales y amables de elaboración colectiva en el que esa  adaptación al cambio constante va a estar muy ligada al abandono del “oportunismo”, entendido como el uso interesado de un proceso de decisión a partir del mito de la ventana de oportunidad.

Izquierda Unida puede ser la organización que lidere los procesos de transformación social que nuestro país y nuestra región necesitan, pero tiene que situarse en este escenario de incertidumbre sabiendo que el camino es largo y el proyecto debe ser de largo plazo, a la vez que dotado de medios para el debate de contenidos. Porque el problema no será siempre de liderazgos, como parece haberse planteado a partir de la aparición de la nueva socialdemocracia. También será de proyectos y de la capacidad de los mismos a la hora de ofrecer horizontes de transformación social a partir de los problemas reales de la gente en una sociedad en cambio constante.