Fin de la ilusión

La propuesta para la investidura de Rajoy el próximo día 30 será el momento para iniciar la etapa final de un curso político que ha puesto a prueba la fatiga de los materiales que conforman el andamiaje político-institucional de este país.

Ciclo electoral largo, muy largo, que iniciado hace ya para tres años con las elecciones europeas y que, a través de las autonómicas y municipales y dos citas generales, ha acondicionado la representación y los espacios políticos al malestar ciudadano emergido con la crisis. 

Quienes propusieron leer lo que estaba sucediendo en clave de “fin de régimen”, “segunda transición” hace tiempo que vienen modificando su discurso. Al menos los más perspicaces de entre ellos. Otros a buen seguro siguen buscando nuevos términos llamativos con los que seguir encubriendo la ausencia de entidad real de sus propuestas. La idea de que la política explica hechos y los provoca ha dejado paso en ellos a la política como productora de spots y literatura de ficción.

Las pasadas elecciones de junio ya evidenciaron que la “ventana de oportunidad” abierta en la opinión pública como consecuencia y respuesta a las políticas de ajuste y al asfixiante clima de corrupción política, tenía graves carencias de partida –la principal, una total ausencia de movilización social pese a las constantes referencias a las “plazas” y el 15M- y que los frustrantes resultados de Unidos Podemos en la mayoría de las  ciudades que apenas un año antes habían protagonizado la derrota municipal  del PP, eran (son) una advertencia  sobre la decepción y cansancio que en sectores populares se viene instalando respecto al “cambio político” entonces iniciado. La ilusión se ha agotado muy rápidamente.

En nuestra región, resulta imposible no pararse a  considerar la incapacidad que han mostrado muchas –las principales- CUP, empezando por la de la capital, para trasladar los apoyos recibidos hace un año al voto en las generales.

Las explicaciones que de todo esto estamos oyendo y leyendo en el discurso oficial de IU Madrid (informe último CPR o artículo de Mauricio Valiente en el diario de 27 de agosto) nos parecen que solo alargan la agonía de una vía ya agotada, evitando abrir una reflexión de alcance que sienten como una desautorización. Un clásico “echar la culpa al empedrado” para no asumir responsabilidad alguna.

El resultado principal del 26 J no fue (LINEAS PARA ORIENTARSE TRAS EL 26J) que la coalición no habíamos alcanzado las expectativas anunciadas, sino que se había alejado la posibilidad real de desalojar al PP del gobierno. Y eso, revertir sus políticas de agresión a los trabajadores con la construcción de una mayoría política alternativa, era el objetivo imprescindible para la izquierda transformadora.    

De frustrarse, como todo parece indicar, la investidura del próximo 30 y la segunda oportunidad 48 horas después, de nuevo volveremos a votar. La idea de un gobierno alternativo al encabezado por el PP es una línea de argumentación política legitima pero no una posibilidad cierta salvo con la complicidad de fuerzas que desnaturalizarían el sentido “alternativo” de la opción limitándola a una coalición negativa.

De volver a votar, las tendencias apuntadas el pasado 26J seguramente se profundicen ahondando la derechización del mapa institucional entonces iniciada. Muy posible que también continúe la leve recuperación del bipartidismo (50% en diciembre y 55% en junio). 

Será entonces el momento de rescatar aquella sentencia de Manolo Monereo respecto a la situación en Grecia (¿quién se acuerda ya de Grecia?) tras las elecciones que encumbraron a Txipras y Syriza después del engañoso referéndum a que sometieron a la ciudadanía: vuelta a la “normalidad”, fin de la esperanza.

En IU no podemos seguir aceptando un papel a remolque de una orientación, la de Podemos, que  ayuda a que se cumplan estas expectativas. No se trata, no proponemos romper ahora la coalición establecida,  pero si de forzar una reorientación necesaria.

No podemos seguir amparando un discurso que, según el día de la semana y la encuesta de turno, se autocalifica como más o menos de izquierda, nueva o vieja socialdemocracia. No podemos aceptar descalificar al PSOE para luego suplicarle un acuerdo. No es presentable.

Izquierda Unida debe para ello perder miedo a la rectificación de análisis que la realidad está mostrando equivocados. Y hacerlo sin alentar por ello ningún conflicto interno.

No se trata, como se afirma,  del fin de un ciclo electoral lo que ahora afrontamos, sino el inicio de la  consolidación de la hegemonía por parte de la derecha política y los sectores favorecidos por una crisis que ellos mismos provocaron, tras una etapa en que sus intereses y valores estuvieron socialmente cuestionados. 

Una nueva fase de la política en España que no está definida y en la que la izquierda que IU quiere ser debe precisar propuesta y discurso con el objetivo de garantizar los intereses, la organización independiente   y la representación política de los trabajadores.  

Nada está perdido de antemano. Unidos Podemos mantiene un importante apoyo y una representación institucional amplia. La crisis ha abierto sin duda brechas en la opinión respecto a la legitimidad de muchas cuestiones tenidas como intocables anteriormente. El deseo de poner fin al dominio de la derecha es todavía real en amplios sectores.   Todo ello impulsa las posibilidades de la izquierda si esta deja de ser protagonista única de sus propios análisis y, en el caso de IU, supera un empobrecedor hiperliderazgo que solo expresa la fragilidad actual de su proyecto político y, de paso,  nos ata a esa política concebida como espectáculo que busca reducir al ciudadano a la categoría de consumidor pasivo de mercadotecnia política.

En esa tarea de vuelta a la realidad y revitalización de Izquierda Unida, seguro que  nos encontraremos. Al menos eso esperamos.